Poco más de medio siglo de sinsabores. De fracaso en fracaso. Concretamente 51 años sin coronarse entre los mejores del mundo (su único éxito data de 1966) o de su continente europeo, cima nunca alcanzada. Generaciones más o menos talentosas que sucumben estrepitosamente ante las presiones históricas. Así se resume el devenir de Inglaterra en un mundial o europeo de fútbol; esa nación considerada como la cuna del deporte rey en Europa. En menos de doce meses, en el Mundial de Rusia 2018, Inglaterra contará con una nueva ocasión de sacudirse maldiciones, contando con una nueva generación de jugadores veinteañeros (Rashford, Dier, Smalling, Cahill, Stones, Kane, Alli o Barkley) dotados de un notable talento aunque inexpertos ante una cita de máxima presión.
La Premier League cuenta con todos los ingredientes deseados: campeonato competitivo, fútbol atractivo para el aficionado, varios equipos capaces de alcanzar el trono, jugadores de primer nivel, aficiones fieles, estadios con todas las entradas vendidas con meses de antelación, proyección mundial a través de las televisiones, entrenadores de primer nivel y unas ganancias económicas inalcanzables para otros campeonatos, entre ellos el español, y eso que cuenta con dos grandes clubes mundiales (Real Madrid y Barcelona) y con las dos mayores estrellas del balompié (Cristiano Ronaldo y Messi). La Premier League es la Premier League, el campeonato más deseado y atractivo. Sin embargo, esta riqueza contrasta con la pobreza futbolística de su selección, de fracaso en fracaso (al contrario de lo sucedido en las otras grandes Ligas de España, Alemania, Francia e Italia) y consumiendo ferozmente generaciones y generaciones, tanto de técnicos (incluyendo experimentos foráneos como Eriksson y Capello) como de futbolistas.
Referirse a Islandia es recordar la última decepción de Inglaterra. Sucedió en el pasado europeo disputado en Francia. Otro batacazo a manos de una selección inferior y que se suma a una larga de episodios de infausto recuerdo iniciados poco después de proclamarse campeones del mundo en la cita de 1966, organizada, precisamente, en tierras inglesas. Desde entonces, sólo tristezas, como se describe en esta tabla:
Eurocopas: sólo dos semifinales
• Italia 1968: semifinales
• Bélgica 1972: no participó
• Yugoslavia 1976: no participó
• Italia 1980: primera ronda
• Francia 1984: no participó
• Alemania 1988: primera ronda
• Suecia 1992: primera ronda
• Inglaterra 1996: semifinales
• Bélgica y Holanda 2000: primera ronda
• Portugal 2004: cuartos
• Austria y Suiza 2008: no participó
• Polonia y Ucrania 2012: cuartos
• Francia 2016: octavos
Mundiales: unas semifinales
• México 1970: cuartos
• Alemania Federal 1974: no participó
• Argentina 1978: no participó
• España 1982: segunda fase
• México 1986: cuartos
• Italia 1990: semifinales
• Estados Unidos 94: no participó
• Mundial Francia 1998: Octavos
• Mundial Corea y Japón 2002: Cuartos
• Mundial Alemania 2006: Cuartos
• Mundial Sudáfrica 2010: Octavos
• Mundial Brasil 2014: Fase de grupos
Las razones a tan desolador panorama son muy concretas: los técnicos ingleses están anquilosados en el pasado, no habiéndose adaptado tácticamente a un fútbol más moderno (de hecho, los grandes clubes de Inglaterra están en manos de entrenadores extranjeros); ciertos bandazos federativos en el nombramiento de seleccionadores (de todos los estilos y en cascada: hasta 1990, sólo seis personas; desde ese año, la cifra aumentó a más del doble de técnicos nombrados); Sus jugadores, aparte de acusar la presión histórica, ven frenado su crecimiento en la primera línea, puesto que cada vez hay más extranjeros (hace una temporada, sólo el 32% de titulares eran nativos) y esto hace que en la selección se sea menos competitivo. A ello se añade su escasa capacidad de adaptación a jugar fuera de las islas. Pocos ingleses han triunfado en equipos extranjeros. Quizá tengan el mismo problema de anquilosamiento que sus entrenadores.
La combinación resulta explosiva y hace que los ‘pross’ (ahora con el exjugador Gareth Southgate al mando) sucumban en cada cita de selecciones. Lo mejor, a pesar de este panorama, está en su mentalidad positiva cada vez que arranca un mundial o europeo. Se recobra la moral, aunque prontamente desciende, volviendo a los lamentos y a la añoranza de aquel ya lejano, y polémico, gol anotado por Geoff Hurst en la final, en el tiempo suplementario, contra Alemania en la final de su Mundial.